Este sábado, el Papa Francisco, Jorge Mario Bergoglio, fue sepultado en la Basílica de Santa María La Mayor, en Roma, cumpliendo su deseo de reposar bajo una sencilla losa de mármol en el suelo. Antes de ser llevado a su tumba, el ataúd del pontífice descansó frente a la capilla que alberga el icónico cuadro mariano de la Virgen Salus Populi Romani, una imagen a la que el Papa argentino tenía gran devoción y a la que se encomendaba antes de cada viaje apostólico.
El Papa Francisco, nacido en Buenos Aires en 1936, fue el primer pontífice latinoamericano y jesuita en la historia de la Iglesia Católica. Elegido en 2013, su pontificado se caracterizó por un enfoque en la humildad, la justicia social y el cuidado del medio ambiente. Entre sus gestos más simbólicos, rechazó los lujos tradicionales del papado, optando por un estilo de vida austero que reflejaba su compromiso con los valores de San Francisco de Asís, de quien tomó su nombre.
Durante sus 12 años como líder de la Iglesia, realizó 47 viajes apostólicos a 66 países, priorizando las regiones más necesitadas y promoviendo el diálogo interreligioso. Su encíclica Laudato si’ marcó un hito en la reflexión sobre la crisis ecológica y el cuidado de la “casa común”. Además, su cercanía con los fieles y su enfoque pastoral lo convirtieron en una figura profundamente querida y respetada.
El legado del Papa Francisco trasciende su papel como líder espiritual, dejando una huella imborrable en la historia de la Iglesia y en los corazones de millones de personas alrededor del mundo. Su sepultura en Santa María La Mayor simboliza su devoción y humildad, valores que definieron su vida y su pontificado