Cada 25 de noviembre, el mundo vuelve la mirada a una herida abierta: la violencia contra las mujeres y niñas, una de las violaciones a los derechos humanos más extendidas y persistentes del planeta.
La jornada, declarada oficialmente por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1999, busca visibilizar, denunciar y erradicar todas las formas de violencia de género, al tiempo que recuerda que este problema no se reduce a casos aislados, sino que está profundamente arraigado en estructuras sociales, culturales y políticas.
Más que una conmemoración, el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer es un llamado a la acción colectiva, una pausa para reflexionar sobre lo que aún falta por transformar.
Un día para actuar, no solo recordar
De acuerdo con ONU Mujeres, una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual, una cifra que se mantiene prácticamente sin cambios desde hace una década.
Por ello, el 25 de noviembre marca también el inicio de los “16 días de activismo contra la violencia de género”, una campaña global impulsada por la iniciativa ÚNETE, que promueve actividades públicas, acciones educativas y políticas para frenar la violencia estructural.
En México, este día se vincula estrechamente con los esfuerzos del Sistema Integrado de Estadísticas sobre Violencia contra las Mujeres (SIESVIM) del INEGI, que recopila información sobre violencia física, sexual, emocional y económica, así como sobre feminicidios. Este sistema permite medir avances, detectar fallas y fortalecer políticas públicas basadas en evidencia.
El origen: las hermanas Mirabal y la resistencia frente al poder
El 25N tiene un trasfondo profundamente político. La fecha recuerda el asesinato de las hermanas Mirabal —Patria, Minerva y María Teresa—, conocidas como Las Mariposas, ejecutadas el 25 de noviembre de 1960 por el régimen de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana.
Su valentía y lucha contra la dictadura inspiraron al movimiento feminista latinoamericano, que en 1981, durante el Primer Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe, en Bogotá, propuso esta fecha como símbolo de resistencia.
Casi dos décadas después, en 1999, la ONU adoptó oficialmente el 25 de noviembre, reconociendo que la violencia contra las mujeres no es un asunto privado, sino una expresión estructural de desigualdad y abuso de poder.
Violencia en todas sus formas
La ONU define la violencia contra la mujer como cualquier acto que cause daño físico, psicológico, sexual, económico o patrimonial, tanto en el ámbito público como privado.
En México, esta definición está incorporada en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV) y se clasifica en varias categorías:
- Física: golpes o agresiones corporales.
- Psicológica: amenazas, humillaciones, aislamiento o manipulación emocional.
- Sexual: abuso, acoso o violación.
- Económica y patrimonial: control o apropiación de recursos y bienes.
Los registros del SIESVIM muestran que la violencia emocional sigue siendo la más reportada, mientras que los feminicidios continúan siendo una de las expresiones más extremas y alarmantes.
A nivel global, la OMS estima que una de cada cuatro mujeres ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja. Estos datos refuerzan la necesidad de respuestas integrales desde la salud pública, la justicia y la educación.
México y el reto pendiente
Aunque el país ha avanzado en la generación de estadísticas y mecanismos de protección, el Informe 2024 de ONU Mujeres México advierte que persisten altos niveles de impunidad, limitaciones presupuestales y falta de acceso real a la justicia.
Por ello, en 2025 se llevará a cabo en México el Global Meeting on Measuring Femicide, organizado por la ONU y el INEGI, con el objetivo de fortalecer la medición internacional del feminicidio y crear estándares comparables.
Una fecha para transformar
El 25 de noviembre no es solo un día para vestir de naranja o publicar consignas: es una convocatoria global a romper silencios, exigir políticas efectivas y construir sociedades más justas.
Porque erradicar la violencia contra las mujeres no es un gesto simbólico, sino un proceso que exige voluntad política, compromiso social y una transformación profunda de las relaciones de poder.
Solo así será posible un futuro donde las mujeres vivan libres de miedo, de violencia y de desigualdad.

