Por José Antonio Chávez Lamadrid
Desde la consolidación del virreinato, Jalisco tiene identidad. Los Tapatíos, han sabido sortear la historia, frente a los eventos más recientes y globales, desde la pandemia hasta el mundial de la FIFA, como también sucesos nacionales como La Revolución y La Reforma.
Ser de Jalisco es ser mexicano, mientras que ser mexicano necesita de rasgos como el mariachi, el tequila y la charrería para entender su identidad. Eso permite que la posición de Jalisco frente al mundo sea fuerte y clara.
Con la llegada de los españoles, en Jalisco, no hubo grandes latifundios ni explotación minera importante. Por lo que, aunado a la distancia con la capital, se fue construyendo con esfuerzo y recursos locales una autonomía que sumó a la identidad mexicana rasgos que hoy bien pueden ser reconocidos en todo el planeta. Así, mientras el centro político y económico es la Ciudad de México, el centro cultural y simbólico del país es nuestro estado. El tapatío común no dependía de un solo patrón ni de la burocracia virreinal; aprendió a resolver sus necesidades con el intercambio local.
Un rasgo resultante en la vida actual es “nos las arreglamos solos”. Se prefieren acuerdos directos entre personas o empresas locales aún cuando se sabe hacer negocios con otros estados. Las fiestas patrias, el día de la Virgen de Guadalupe y el Grito de Independencia se viven en Guadalajara con tanto o más ímpetu que en la Ciudad de México. El tapatío defiende el acento, su comida (tortas ahogadas, birria) y su forma de ser (directos, trabajadores, fiesteros pero a su modo).
Los gobernadores de Jalisco (de distintos partidos) han confrontado al gobierno federal cuando creen que la capital se entromete. El movimiento “Jalisco es diferente” es una frase real que se escucha desde hace siglos. La identidad tapatía (de Jalisco) no nació de la nada ni de puro folclor. Nació de una base material concreta: pequeñas propiedades, comercio regional y autonomía económica desde la Colonia.
Esa base generó una cultura de autosuficiencia y desconfianza al poder central del virreinato. Luego, la narrativa histórica (mariachi, tequila, charrería) tomó esa idiosincrasia y la convirtió en el símbolo de la mexicanidad, pero con un distanciamiento orgulloso: “Somos lo más mexicano, pero no somos el centro político”. Eso explica por qué un tapatío puede sentirse más identificado con su ciudad que con el país entero, y por qué Guadalajara se comporta casi como una ciudad-estado dentro de México.
Durante el mundial de la FIFA, el mariachi, tequila, birria, demuestran que “Guadalajara, es la ciudad más mexicana” ; la identidad tapatía se presenta como la auténtica experiencia nacional para los turistas extranjeros. En Jalisco, el mundial es una oportunidad de negocio, la identidad clara que dice: “gente que resuelve” se traduce en microempresas familiares que atienden a los turistas.
Mientras la Nueva España se articulaba como una pirámide rígida de encomiendas y tributos, el occidente tejía una red horizontal de talleres, mercados y pueblos que aprendieron a prescindir del centro. Cuando el México independiente y luego el revolucionario buscaron una identidad nacional, Jalisco ya tenía lista su oferta: el mariachi, el tequila, la charrería. No fue casualidad. Esos símbolos emergieron de una estructura donde lo local era lo único real.
La narrativa oficial los adoptó como esencia de la mexicanidad, pero los tapatíos nunca la vivieron como una concesión del centro, sino como una conquista propia. Hoy, el tapatío no es un arquetipo folclórico: es la resultante histórica de 500 años de producir, trabajar y resistir sin pedirle nada a nadie. Jalisco es la cara de México.








