Palabras como pobreza, justicia, corrupción, juicio, servidor, abogado, tribunal, democracia, pueblo, entre otras muchas, han perdido su dimensión. Esto es que sus límites están desdibujados por la narrativa de ocasión, por el trending topic de las redes sociales, por el actor o actriz que logre posicionarse ese día del que se trate.
La libertad de expresión ocurre ante la posibilidad de expresarse sin persecución por prejuicio. Pocas personas recuerdan que el respeto por sus “puntos de vista” nace desde el sustento del argumento que construye su opinión. Es decir, una estupidez no deja de serlo por quién la ha dicho o por el número de likes que tiene en un perfíl virtual. Es importante subrayar que no es lo mismo la persona que su opinión. Una se respeta, la otra se somete al razonamiento crítico.
Con la separación del Estado y de la Iglesia católica en México, durante La Reforma en 1857, se procuraba garantizar -entre otras cosas- la posibilidad de expresarse y vivir fuera de la concepción fundamental religiosa de que todo ocurre porque Dios quiere que ocurra así; esto es tan respetable antes como después, la diferencia es que hoy puede pensarse y expresarse sin asumir que Uno es enemigo de los dogmas de la Iglesia o de otra religión sin arder en la hoguera o en el infierno como consecuencia. Entiéndase como religión el futbol, la yoga, el vegetarianismo, los therians, el partido político y aquellas postulaciones similares que se asumen con vehemencia.
La situación actual es otra. Ahora la ignorancia funcional permite que cualquiera opine, de la mano de las redes sociales, por si eso fuese poco, que su opinión tenga refuego, resonancia, aceptación y llegar a convertirse -por popularidad- en una realidad por más absurda e increíble que esto pueda llegar a ser. Para pruebas un botón, Donald Trump otrora dijo que los desinfectantes podrían mitigar los efectos del Covid; las consecuencias fueron personas que ingresaron a urgencias por intoxicación al haber ingerido cloro después de escuchar al mandatario ofrecer su opinión. Lo mismo sucede con los terraplanistas, las personas que compraron bunkers para esperar el mes de diciembre de 2012 y los que ya se alistan a invertir en Marte.
Poca cosa no es.
Hasta aquí es claro y directo: una opinión no es La Verdad. Mucho menos, una opinión, constituye una realidad inamovible; tampoco podemos justificar su validez porque es el testimonio de alguien que se ofrece desde su perspectiva. La situación se tuerce nada más nacer. Al gestar una opinión con la intención de modificar el ánimo de las personas para convertirles en masas, la cosa cambia literalmente. Es decir, si digo una mentira para que me crean, la postulo como “mí verdad” y desde allí logramos juntos influir en los hechos, entonces no es poca cosa.
Esto se agrava cuando la mentira se asume como una realidad verdadera. Si quienes conviven y comparten ciertos valores con el emisario de la misiva -el mensaje-, así como con el lenguaje y con las creencias, aquello muta en una realidad defendible, oponible y si se tiene poder llega a ser punible. En otras palabras, se señala a quienes develen su falsedad, se impone a quienes se presente y se castiga a quienes no estén de acuerdo o la traten de lo que es: una mentira.
Así se construye la posverdad. Así se vive desde la ignorancia. En ese terreno se ventilan los asuntos varios del día. Desde allí se debate sin ideas, convirtiendo a los usuarios en consumidores, con las declaraciones de los creadores de contenido mal nacido. La “buena noticia” es que allí podemos dibujar la raya de donde esas opiniones no pasarán, donde se dimensiona la estupidez y se encuentra con la razón. Ese momento -lugar- nos permite diferenciar la fantasía de la realidad, nos permite separar las sandeces de las personas, como si la estupidez funcionara como un medio de contraste que nace desde su boca sin atisbos de inteligencia ni uso del pensamiento; con todo respeto.






