Por José Antonio Chávez Lamadrid
En la Nueva España, los cargos públicos y los recursos no se administraban, se “poseían”. La Corona otorgaba mercedes y encomiendas como extensiones de la voluntad real. ¿Te suena conocido?
Esta es la radiografía del sistema. No como una línea de tiempo muerta, sino como una arquitectura de herencias que sigue ejecutando procesos individuales en tu presente. El sistema de creencias, fijado en el siglo XVII, nos resulta común ahora casi de manera silenciosa, creencias insertas en la idiosincrasia.
Será por eso que aceptamos como una verdad que la riqueza y la bonanza se heredan o se reciben de alguien superior. Al tener un sistema de creencias como éste, que se instauró con la llegada de los españoles al poder, el éxito dependía de la pertenencia a un grupo de poder, a las conveniencias de la Corte; no se trataba de quien eras, sino de qué hacías para quienes tenían el poder. Operando bajo la premisa: la confianza no se gana, se hereda.
Los españoles no sólo trajeron objetos; implantaron una estructura de pensamiento que se hereda de generación en generación, como un guión familiar que se repite inconscientemente.
En el árbol genealógico de México, aparece España; ser “autónomo” era sinónimo de ser rebelde o traidor. Aprendimos a pedir permiso para existir. El Virrey era “el otro yo” del Rey de España.
Todas las decisiones transitaban en una cadena inmensa de comunicación para ser autorizada antes de ejecutarse. Burocracia. En la actualidad, el espejo en el sector público no necesita explicación, sin embargo, en las empresas mexicanas ocurre lo mismo. Todas las ejecuciones de ideas y planes corporativos necesitan correr por un camino de superiores jerárquicos antes de ser aprobadas.
En caso de no ser del gusto de uno de los superiores inmediatos, simplemente se atora. Como si se tratara de aquellos tiempos en los años mil seiscientos, cuando era indispensable la aprobación del Rey o el Virrey para ser realidad ejecutable. Obediencia pura, burnout sistémico. Se castra la iniciativa y con ello, se obstaculiza el talento y mueren las soluciones nada más nacer.
La Colonia representa un Sistema que resiste el embate de los sistemas actuales, el choque con el cambio y el retardo del crecimiento a costa del individuo. La colonización española creó un sistema hiper-detallado de clasificación social basado en el origen étnico. Se diseñó una arquitectura social donde la posición en el organigrama social estaba determinada por el nacimiento.
Eso se replica hoy en el mercado laboral, en la accesibilidad a otras formas de pensar y se disfraza con una narrativa de éxito económico, sin que sea necesariamente negativo, pero sí limitativo, restrictivo, de acceso solamente para pocos.
La Ley dice que somos iguales, también heredamos lo que sistematicamente el mercado laboral opera con redes de influencia, impone discriminación en el reclutamiento, compradrazgos, donde comunmente el “look” es más importante, fijando una aspiración ajena como una idea propia.
La Colonia ya no existe materialmente, pero nos dejó una herencia de ideas que se reproducen. Mientras ellas demandan autonomía contra ellos, todos nos despanzurramos frente a un Sistema que sigue más vivo que nunca y representa un reto por vivir con otras ideas, que arroje un México donde habiten muchos mundos.








